La falda midi de satén tiene una virtud extraña y cada vez más rara: no parece tener prisa. En una época donde casi toda la moda corre —más corta, más ajustada, más inmediata—, esta silueta amplia y fluida avanza con la calma de alguien que sabe perfectamente que será observado sin necesidad de pedir atención. Y quizá por eso sigue fascinando.
El satén posee una relación casi teatral con la luz. No simplemente refleja; desliza el brillo sobre la superficie como agua moviéndose sobre piedra oscura. Hay tejidos que cubren el cuerpo y otros, como este, que parecen traducir cada movimiento en una especie de lenguaje visual. Una falda de satén caminando bajo luces nocturnas puede recordar el movimiento de una copa de vino girando lentamente: elegante, hipnótica y ligeramente peligrosa para la compostura ajena.








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