La ropa funciona como una segunda piel simbólica. Cambia nuestra postura, nuestra percepción e incluso la forma en que otros reaccionan ante nosotros. Un abrigo elegante puede hacer sentir a alguien invencible; unas zapatillas viejas y cómodas generan una sensación doméstica, casi emocional, como regresar a una conversación conocida.